Conferencia I - Cuba: Emigración y los retos futuros
Por Milagros Martina
La conferencia "La Nación y la Emigración", celebrada en La Habana del al 24 de abril de 1994, constituyó una muestra más de los esfuerzos por dar continuidad y coherencia a la política de la Revolución hada la comunidad cubana en el exterior, a la vez que representó un momento importante -en medio del contexto nacional e internacional de los años 90- en el intento por normalizar las relaciones entre la isla y dicha comunidad.
Con ella se dieron pasos basados en una posición de tolerancia flexibilidad, conformándose un proceso de mutuo respeto, que procuró avanzar a través de un común entendimiento sobre problemas sensibles de la nación cubana.
A lo largo de más de tres décadas, la emigración cubana se fue conformando en medio de un proceso que alimentaba una relación dinámica y contradictoria con la isla, en la cual se conjugaban el rechazo y la atracción. Ello resultaba lógico, toda vez que en el contexto de la aguda lucha de clases que caracterizó los primeros años de la Revolución, la decisión de emigrar adquiría una connotación política que equivalía a la ruptura con ella.
Esta situadón no tendría variaciones sino hasta finales de la década del setenta, cuando al calor del Diálogo del 78, la Revolución reconoció la heterogeneidad existente en la emigración y asumió actitudes diferenciadas con respecto a esta.
Como se precisó en el encuentro del 94, el mismo tuvo lugar bajo las mismas condiciones de anormalidad que, como parte de la agresiva actitud norteamericana hacia Cuba, desde el triunfo revolucionario signaron las relaciones con la emigración.
A pesar de ello, la Conferencia constituyó una suerte de formalización de un tratamiento de postguerra fría a la comunidad cubana en el exterior, reconociéndose una vez más que en el seno de esa comunidad existía una diversidad política e ideológica que resultaba imposible asumirla como un todo monolítico. Por tal motivo, en el foro coincidieron, como coexisten en la propia emigración, personas con diferentes puntos de vista que, como común denominador, compartían posiciones de respeto al gobierno cubano, a su modelo de justicia social e independencia nacional, así como interés de mantener sus vínculos con la patria.
El esfuerzo por normalizar las relaciones con la emigración constituye, en mi opinión, un problema estratégico de la nación cubana: por su relativa incidencia en las relaciones bilaterales con Estados Unidos, por su impacto en la sociedad cubana, y porque perspectivamente, ello favorecería los intereses nacionales. Y lo más importante, se trata de una política irreversible; aun y cuando se haya distinguido por sus altas y sus bajas, no hay dudas de que vista desde un punto de vista histórico, su saldo es y será progresivo, y establece en cada momento bases que perduran y se retoman en sus proyecciones posteriores.
De ahí la importancia que adquiere la continuidad de la política en curso y, como parte importante de ella, la realización de una segunda Conferencia.
En tal sentido, el encuentro de noviembre será una excelente ocasión para que los participantes expongan directamente sus inquietudes e intereses al gobierno cubano, al tiempo que este tendrá la oportunidad de informarse directamente sobre los principales problemas de la emigración en su relación con la isla.
Desde luego, no puede aspirarse a que en un evento de varios días se resuelvan o agoten problemas acumulados durante más de treinta años, cuya naturaleza, por demás, es notablemente compleja.
En ese marco se abordarían cuestiones que sin duda alguna forman parte de las aspiraciones legítimas de la emigración cubana, tales como las relativas a la política migratoria, la ciudadanía, la cultura, la identidad nacional y las inversiones económicas. De hecho, debe ser una plataforma de discusión con la suficiente flexibilidad como para asimilar cuanto tópico bien argumentado sea propuesto, dentro de los lógicos parámetros de respeto al gobierno que convoca el evento.
Dentro del contexto de afianzamiento del diálogo que de hecho se ha venido llevando a cabo entre el gobierno cubano y sectores de la emigración cubana, un aspecto relevante -y sin duda de los más complejos- ha sido la distinción entre los grupos realmente interesados en mejorar las relaciones, y aquellos que conciben el diálogo con fines contrarrevolucionarios.
Entre los primeros, por supuesto, estarían aquéllos que se pronuncian por un reencuentro fructífero y que reconocen la naturaleza profundamente injusta e inhumana del bloqueo impuesto a Cuba; como se ha dicho, son los que tienen una concepción del futuro que no supone regresar al pasado. En este sentido, la aproximación a través de la Conferencia entre los que en la emgración así piensan, y los que en la isla defíenden las conquistas del proceso revolucionario, harán más fuertes los sentimientos de soberanía e independencia nacional. Los excluidos serían, por tanto los que asuman posiciones anexionistas y plattistas.
Otro aspecto relevante que no puede obviarse tiene que ver con las condiciones específicas que definen la actual situación de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos, cuya complejidad se acrecienta, toda vez que simultáneamente concurren hechos como el proyecto Helms-Burton y la declaración conjunta sobre asuntos migratorios del 2 de mayo del presente año. Ello tiene lugar dentro de un contexto mundial no menos complejo y contradictorio.
En Estados Unidos, donde está el mayor asentamiento de emigrados cubanos, predomina un clima en sectores de la sociedad norteamericana, luego de la victoria conservadora de las elecciones de medio término en noviembre de 1994, en el que se afirman tendencias xenofóbicas" y racistas que han auspiciado la ley 187, y que podrían alentar enfoques similares para el estado de la Florida, con las implicaciones negativas que para los cubanos que allí residen ello tendría-
En cuanto a Cuba, la situación existente, si bien está signada por el período especial, exhibe muestras de madurez y vitalidad. La propia convocatoria de los eventos sobre la nación y la emigración, en el marco de las condicionantes expuestas, son el mejor ejemplo en tal sentido.
En ese complejo contexto, sin embargo, se observan procesos de flexibilización de las relaciones de la isla hacia su emigración. Ese es el caso de la política específicamente migratoria, de los debates públicos en tomo al proyecto de ciudadanía -algunos de ellos con participación incluso de emigrados-, o el alcance cada vez más amplio de las concepciones que se manejan sobre identidad nacional y cultural.
Ello no quiere decir que el proceso de normalización de relaciones entre la isla y la emigración sea fácil. No puede ignorarse que en Cuba muchos aún no entienden el diálogo y, aún menos, la eventual reconciliación con los que se fueron del país en circunstancias tan definitorias como las que caracterizaron los años 60, o sea, el conflicto con el imperialismo norteamericano. Sobre todo porque se dirigieron, precisamente, al territorio del enemigo de la patria.
Desde el punto de vista de la dinámica interna de la emigración, un fenómeno que no puede obviarse es la existencia de segmentos potencialmente significativos en la comunidad cubana en el exterior, constituidos sobre todo por Jóvenes de segunda y tercera generación, cuya visión del mundo no ha sido conformada por el trauma del exilio y son, por tanto, más proclives a enfocar el tema cubano con mayor pragmatismo que las generaciones de sus padres y abuelos. El diálogo y la posibilidad de aportar hacia una relación más equilibrada entre Cuba y su emigración podrían encontrar un eco positivo en parte de esos jóvenes cubano-americanos. Es presumible que también, en la llamada mayoría silenciosa, puedan interiorizarse nuevas visiones sobre lo que ocurre en Cuba y que se rompan estereotipos sobre la Revolución y el Socialismo, con la consiguiente modificación de actitudes.
Ante las relaciones entre Cuba y su emigración se levantan retos futuros. El trayecto es difícil y probablemente, el ritmo será lento; requerirá paciencia, comprensión, tolerancia, flexibilidad. Lo principal será crear las condiciones que garanticen los encuentros y eviten los desencuentros, sobre la base de la auténtica defensa de la soberanía y la independencia nacional. Estos imperativos lo son tanto para la isla como para la emigración.
Desde el lado de acá, tal vez lo más importante sea la voluntad y honestidad conque el gobierno cubano enfrenta este proceso, el cual es, como ya se ha dicho, irreversible. A la par, será necesario trasladarle confianza la emigración. Con razón se ha expresado que "el gobierno cubano ha asumido la tarea de reenlazar dos mundos que aunque separados y distintos tienen una raíz nacional y cultural común. Esta tarea es necesaria e ineludible" (**). La Conferencia de noviembre próximo será otro paso decisivo en ese empeño.
(*) Directora del Centro de Estudios de Alternativas Políticas (CEAP), Universidad de La Habana.
(**) Max Azicri, Apuntes sobre la normalización de relaciones entre Cuba y la Emigración, 1994.
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